martes, 11 de septiembre de 2012

Tratando de exorcizarme algunas ideas pessoánicas.

                                                         I

  No sé si quiero escribir o quizá no tenga nada mejor que hacer. Estoy escuchando una canción que realmente me gusta mucho. Pienso que la música se expresa teóricamente argumentándose en sí misma, como una rueda que rodando se hace rueda pero que nunca fue otra cosa, pero de una forma que en la literatura parece ser desacreditada.
  Este o aquel tipo dice mucho pero no dice nada. Parece que el literato está inminentemente encrucijado en la obilgación de contribuir con un aporte cultural de índole incierto, para fines inciertos. Preferible sincerarse: no sé si quiero o no tengo nada mejor que hacer. Cualquier entendido puede percibir con celeridad que la literatura es como esa rueda que llamamos música pero con palabras enhebradas y allí, en la enhebración, está su cualidad y calidad y contradicción -porque digo esto creyendo que no digo nada y entonces es lamentable-. De cierto modo pensar o creer así la literatura es penoso porque carece de. Mejor la exigencia de que el escritor es un tipo culto porque en toda exigencia hay una insuficiente aproximación: de a ratos puedo decir algo.
  Ergo, ¡viva la encrucijada!, los ritos del sexto dedo que se sumerje en el tintero como una cuchara en el café endulzado.
  Digo que en el fondo ciertos estereotipos sirven para, etc.
  Digo que cualquier deforme o infeliz puede escribir y sentirse mejor que al mirarse en el espejo (sobre todo los deformes) y que leer es buscar un reflejo encontrando semejanzas como castañas entre pasas de uva. Acudiendo a un perverso entretenimiento en alguna clase de desconsuelo ajeno, para desatender desde una supuesta productividad el desconsuelo propio. Productividad siempre en tela de juicio. ¿Leer o contarse los piojos?, ¿leer o cotillear lo mal que está yendo a don Jorge?, ¿leer o soplar y hacer botellas que qué te pensás?
  Digo que mientras unos se sienten mejor y más hermosos peinándose frente al espejo, otros en cambio nos regocijamos con nuestra ironía y nuestro cinismo.

                                                    II

  Todo lo real pasa a verse como una evidente pulsión hacia una cosa variable complemtamente y, si la cosa es variable, aquella pulsión no menos tangible (de hecho lo más real) también estará sometida a una constante metamorfosis.
  Ya no pretendo un producto total y definitivo porque nunca mantendré estática la pulsión, porque sería irreal hacerlo. Ante lo inmediato (si esa pulsión es también deseo) encuentro un alcance próximo que me contente.

                                                   II (bis)

  No es que vaya resvalando por tu cuerpo como si hacerlo me sacara de mí y fuera por un momento inagotable el olvido, un irse, la elevación misma. No todos los pájaros vuelan igual porque siquiera van para un lugar común, pero yo parece que vuelo cabeza abajo. Pájaros y colores: no puedo otra cosa. Dormir contigo y ver las horas pasar (pájaros y colores), ver porque dicen que los ojos están conectados con el veinticinco porciento del cerebro, y ya te expliqué que existe un ojo en cada dedo hasta que algún día seremos un ojo desde donde ver sin razón ni memoria.
  Resvalo por tu cuerpo porque de cualquier modo es lo que quiero en el mismo momento en el que lo hago y si ahora te tuviera acá, no estaría escribiendo.

                                                     III

  Todo cielo se oscurece irremediablemente. Hoy el día no brilló, ni yo en él. Hay gente que se desinteresa completamente por casi todo y acepta un pozo ciego donde desechar cualquier posible reflexión y creencia, asumiendo una fidelidad con lo conocido. Está seguro de anhelar un divorcio entre su pensamiento y su capacidad concreta. Tiene sueño y duerme, tiene hambre y come. Compra romanticismo al por mayor. Ya no propone ningún vuelo.

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